Hay una seguida acusación en el ámbito cultural sobre el reconocimiento y a quiénes se le otorga: ¿para quién son los premios, las becas y las ediciones financiadas por el Estado? Sólo hay una solución: una mayor transparencia en las decisiones que se toman al galardonar a los ganadores.
La corrupción es una práctica que ha plagado todos los ámbitos y no es exclusiva del robo, soborno, extorsión y fraude por millones de pesos: también hay tráfico de influencias e intercambio de favores. Dentro de estos grises, hay corrupción que no puede castigarse por ley, ya que son prácticas poco éticas y no necesariamente ilegales.
En la literatura suele haber una valoración casi sacra de los valores que se practican y promueven: resultaría difícil escuchar de comportamientos imperfectos y no éticos, siendo la cultura un área donde los valores se promueven y el conocimiento salvaguarda la esfera social de quienes la ejercen. Así es como en este ambiente literario, hay destellos, si acaso no escasos, de especulaciones dentro de la producción cultural que tienen que ver con la complacencia intelectual y el interés financiero del valor de dichas producciones. Es aquí donde el tráfico de influencias entra en juego, valorando falsamente el arte y buscando el reconocimiento a través de este valor monetario, la balanza no es justa y la apreciación al texto se convierte en favoritismos.
En la academia, también, hay muchísimos casos de abuso y venalidad, como la compulsión por engordar el currículum y el poco inusual uso del poder burocrático para obtener crédito intelectual. Si bien, en la política convendría anudarse a ciertos literatos por pura adquisición de renombre entre quienes les admiran, a los literatos les interesa empujar su estatus por sus conexiones en la política. No se olvida, además, del uso de estas amistades o relaciones para el acenso u obtención de carreras profesionales y la consecuente yuxtaposición entre lo público, lo privado, lo político y lo artístico.
En el 2004, el poeta Manuel Andrade hizo una denuncia a la Función Pública de que su colega, Hugo Gutiérrez Vega, miembro de la SNCA (Sistema Nacional de Creadores de Arte), había votado a favor de darle la beca de esta organización Luis Tovar, el jefe de redacción del área de cultura de La Jornada, dirigido por el mismo Gutiérrez Vega. Se sostuvo que era un acto ilícito porque el becado no tenía los requerimientos suficientes para recibir el apoyo a los creadores ya consolidados (y este tenía apenas un libro publicado) y, además, había una relación laboral directa entre el jurado y el beneficiario.
Aunque Gutiérrez Vega no quebrantó ninguna regla per se, ya que no había un estándar que prohibiera la relación entre jurado y becado, la decisión era cuestionable, y claramente afectada por “favoritismos” (Espinosa y Solís, 2005). Este no era ni el primero ni el último caso el compadrazgo, tan famoso en México, y el caso funcionó para mejorar y afinar los requisitos mínimos para aspirantes y se pudieron generar las herramientas necesarias para respaldar este tipo de casos, haciendo también, mucho más complicado el tomar este tipo de decisiones conmovidas por las relaciones existentes entre las personas del medio.
Se convierte en un área bastante gris, para quienes son ignorantes en los estándares ético-morales, el favorecer a un conocido para otorgar una beca o reconocimiento por su labor. Estos casos raramente, además, son reportados porque los círculos de la Academia son estrechos y mantienen bastante bien la fachada de buen comportamiento.
La toma de decisiones al momento de elegir a los autores para dar representación o endorsar su práctica literaria debe, así, ser cuidadosa, siempre procurando basarse en méritos y en la promoción de la pluralidad. Las formas más incluyentes de llevar esta práctica de jueceo de la manera más ética sería tener maneras muy puntuales de medición. Dado que la percepción de la buena literatura es sumamente abstracta, se pueden implementar ciertos estándares para seleccionar a quienes reciben los galardones. Es así como deben buscarse a autores que cumplan criterios mínimos de obra, reconocimiento y prestigio entre algunos críticos. El hecho de que estas convocatorias se procuren abiertas, además, asegura el acceso a un mayor número de autores y no sólo a quienes son privilegiados de conocer al cuerpo encargado del jueceo de dichas obras, haciendo la praxis mucho más diversa, honesta y ética.